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Reseña de Las aventuras de Shark Boy y Lavagirl en 3-D
Como demostró Sin City, no hay nada tan extravagante que ahora no se pueda realizar en la pantalla utilizando tecnología digital de última generación. Pero que se pueda hacer no significa que se deba hacer. Y la prueba de ese pudín pegajoso se encuentra en lo último de Robert Rodríguez, un lío frenético, sin sentido y, a menudo, frustrante que muestra lo que puede suceder cuando un cineasta antepone los píxeles a la trama.
La insistencia de Rodríguez en darle a Frank Miller un crédito como codirector de Sin City lo llevó a renunciar al Sindicato de Directores. Pero es el Gremio de Escritores el que estará enojado con Sharkboy, basado en personajes y conceptos ideados por su hijo de siete años, Racer Max. No es que haya nada malo en mantener las cosas en la familia; después de todo, es parte integral del estatus de Rodríguez como autor de bricolaje. Pero según esta evidencia, su pasión por hacer realidad los sueños de sus hijos le ha robado por completo la objetividad: por cada buena idea aquí hay un par de ideas muy poco fiables.
Lo peor de todo es la creencia de que los paisajes multicolores del ciertamente imaginativo Planet Drool se verán aún más vívidos detrás de las gafas 3-D. (A los apostadores se les dice que se pongan anteojos de cartón cada vez que la acción deja el mundo real). Desafortunadamente, lo contrario es cierto, los primitivos filtros rojo y verde reducen todo a un marrón fangoso e indistinto.
Spy Kids 3-D tuvo un problema similar, aunque hubo compensaciones, entre ellas Sylvester Stallone haciéndolo en múltiples roles. No tuvo tanta suerte con Sharkboy, que pone su fe en desconocidos precoces con poco del carisma de Sly. El stand-up latino George López tiene un gas como el infame Sr. Eléctrico, un reloj despertador gigante andante con relámpagos donde deberían estar sus extremidades. Pero él es la única chispa brillante en una caótica aventura diseñada para que los niños reboten contra las paredes mientras los adultos alivian las migrañas.
El gigante de Rodríguez tartamudea y se detiene con una fantasía equivocada que tiene poco del encanto juguetón y el ingenio astuto de sus películas de Spy Kids.
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